Críticas

La revolución, de Isaac Chocrón

Semanario de la Comunidad Judía de Venezuela

 Se está reponiendo estos días, en el teatro Citicorp de la Castellana, la comedia de Isaac Chocrón, La revolución. Debo confesar que llegué a verla por primera vez hace unos días -es decir, con treinta y seis años de retraso-, pues la obra fue estrenada en 1971 con un éxito mundial extraordinario, hasta el punto que ha sido representada en cuarenta y un países.

Aunque estoy muy lejos de ser un crítico de teatro, como simple espectador desearía decir varias cosas que se me ocurrieron mientras veía la obra. Revolución, ¡qué palabra tan vilipendiada y tan mal comprendida! Y es así porque lo que las revoluciones han dejado a la Humanidad es un reguero de muertes y miserias; en vez de mejorar la sociedad, las cosas suelen quedar mucho peor que antes de la revolución. Si no, allí está la historia para confirmar lo que decimos. La revolución nacional socialista de Hitler, la Revolución Comunista de Stalin y hasta la Revolución Francesa son cuestionadas hoy día por haberse manchado de tanta sangre. La Revolución Cubana, que dividió al país y tiene en su estela tantos fusilamientos y muertes. Creo que fue el filósofo español Ortega y Gasset quien dijo, por allí en el año 1940, que ya no existían revoluciones. Que lo que se llamaba en esos momentos "revoluciones" eran simples apetitos de poder. Y no estaba equivocado.

Pero he aquí que, por obra y gracia de su genialidad, nuestro Isaac Chocrón da en la tecla y nos enseña que la única revolución verdadera es la de las mentes. Aquella que hiciera de nuestra sociedad un conjunto de seres más buenos, más tolerantes, más generosos, más comprensivos, ante la pluralidad. Y Chocrón lo hace a través de la vida de dos personajes frustrados, dos viejos artistas de vodevil, homosexuales, que relatándonos durante dos horas sus vidas y sus miserias, nos hacen reír y llorar, y también reflexionar... Esta revolución que nos propone Chocrón es la única verdadera revolución, aquella que haciéndonos cambiar, mejora nuestra calidad humana.

Es patética y emocionante la escena en la que uno de los actores, en un "striptease" grotesco, se va despojando de sus falsas prendas para quedar reducido a la soledad más terrible a la que le ha conducido la sociedad.

Me hizo recordar esta escena una bella canción de Charles Aznavour que se titula Je suis un homo, comme on dise (Yo soy un homo, como se dice). En esa canción, también se describe ese momento en que el artista, ya solo en su camerino, después de su número de desnudo integral en el escenario, se va despojando de sus pestañas postizas, de su sostén postizo, y vuelve a ser el ser solitario, enamorado de un joven que ni lo sabe ni le corresponde, y acaba su vida triste en solitario.

No se puede pasar por alto a los intérpretes de la obra. Basilio Alvarez hace una interpretación sobria, inteligente, divertida, sin caer en la vulgaridad y mostrando una fuerza y una energía extraordinarias. Supongo que tiene que terminar deshidratado de tanto sudar y de tanto moverse. La escena que cité más arriba fue simplemente asombrosa y digna de los más grandes artistas. Héctor Manrique, en el difícil papel que hace, le da la réplica con elegancia, con humor, sin estridencia. Hace reír, o mejor, hace sonreír más que reír, lo cual es mucho más difícil. Muestra una comicidad elegante, nada chabacana, y le da la réplica a Basilio Hernández, de forma que forman una pareja que tardaremos mucho en olvidar.

Vivimos tiempos difíciles, tenemos que soportar un ambiente tenso, hostil y malhumorado. Cada mañana nos levantamos sin saber lo que vamos a leer en los periódicos, que suele ser lo mismo que lo que leímos el día anterior, y lo que veremos en la televisión, que nos quita el poco optimismo con el que nos levantamos. Poder ver una obra como La revolución, de Isaac Chocrón, nos reconforta y nos da un mensaje esperanzador. Y es que el arte y la poesía nos puede también aportar esperanza. Gracias por eso.

 

Aquiba Benarroch L.

 

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