Críticas

"Toda la vida he hecho mi propia revolución"  

Por Milagros Socorro

Vuelta a las tablas. La revolución, la pieza teatral más aclamada de Isaac Chocrón, se exhibe nuevamente en la torre Corp Banca, luego de ser vista por espectadores de 40 países. El dramaturgo escribe ahora un libro sobre Shaskespeare, autor que ha trabajado toda su vida y cuya obra impartió por más de dos décadas en la UCV

Cuando Basilio Álvarez tenía 17 años y estudiaba en el Colegio Champagnat, de Caracas, a cuyo grupo de teatro pertenecía, él y sus compañeros fueron llevados por sus profesores al teatro para ver La revolución, obra de Isaac Chocrón.

Era la primera vez que veía un montaje profesional. Al final del primer acto, tanto los maestros como los alumnos, con excepción de Álvarez y de Juan Carlos Ogando, quien también es profesional del teatro, se levantaron y abandonaron la sala.

Treinta años después, Basilio Álvarez comparte la escena con Héctor Manrique en una reposición de esta pieza en dos actos, que acaba de ser estrenada por el Grupo Actoral 80 en una sala ubicada en el pent house del edificio Corp Banca, en La Castellana.

Hace dos años, el Grupo Actoral 80 tuvo un resonante éxito con su interpretación de El día que me quieras, de José Ignacio Cabrujas, obra que, según el director y actor Héctor Manrique, compone, con La revolu ción, la cúspide de la dramaturgia venezolana.

Su versión es un montaje de ritmo sumamente vivaz –rayano, incluso, en lo violento–, que no da tregua al espectador y lo lleva de la risa al sobresalto, de lo bufo a lo conmovedor, de la complicidad festiva a la dolorosa constatación de que todos –personajes y audiencia– convivimos en un país capaz de destrozarnos.

El espectador de La revolu ción debe ir preparado para una experiencia perturbadora, incluso desgarradora. El texto es abigarrado y neurótico; y aspira a exprimir la situación hasta agotarla. El escenario es pequeño, casi parece que los huracanes que lo habitan van a caer en el regazo de la primera fila. Y los actores parecen haberse propuesto una exhibición de todas las emociones que un ser humano es capaz de experimentar. Además, no se ahorran provocaciones. "Hasta dónde van a llegar estos seres", se pregunta uno, ya sin resuello. Bueno, llegan hasta donde sea necesario para demostrar el coraje que se necesita para vivir según los dictados del alma y cuán alto puede ser el precio. Y, con base en ese pacto tremendo, Manrique y Álvarez se pasean por todas las vetas del sufrimiento... y su correlato, el amor por el otro.

Una buena guía para futuros espectadores sería indicarles que la minoría aludida en La re volución no es la de los homosexuales sino la de los valientes y las de los que aman.

MARGINADOS PERO CONTENTOS.
En marzo de este año, Chocrón fue a ver el montaje local de La cena de los idiotas (comedia francesa, estrenada en 1993, escrita por Francis Veber, quien la llevó al cine en 1997), donde actuaban, entre otros, Basilio Álvarez y Héctor Manrique, con quienes se reunió al final de la función. Muy pronto surgiría en la conversación la posibilidad de que ambos hicieran una nueva versión de La revolución, para la que Chocrón los veía pintados y que era un proyecto que ya ellos albergaban.

La cosa se puso en marcha.

Álvarez y Manrique llamaron al notable director de teatro Ugo Ulive –una leyenda viva de la escena venezolana– para que interviniera como dra maturg o dramaturgista, una figura que usa principalmente el teatro alemán y que consiste en una especie de consejero literario y teatral vinculado a una compañía, a la que asiste en la preparación de un espectáculo, básicamente para preparar el texto para su puesta en escena y servirle de intérprete y garante. Fue así como se inició la nueva andadura de los dos homosexuales que mal viven como oficiantes de las tablas, ya de capa caída.

Isaac Chocrón escribió La re volución en 1970. "Acababa de fracasar", dice, "la insurgencia armada que se propuso hacer una revolución inspirada en la cubana, en Venezuela. Cuando yo leía en la prensa las declaraciones de los guerrilleros y de los partidos que los apoyaban, me decía: estos hombres, antes de hacer una revolución, deberían estar convencidos de que han hecho primero la revolución consigo mismos, y que creen en eso hasta el punto de hacerlo su razón de ser. Y yo no veía eso en las declaraciones de aquellos voceros".

En esos días Román Chalbaud estaba buscando un lugar para hacer algunas tomas de una película que estaba a punto de rodar. Con ese objetivo, pidió una entrevista con el gerente de un night club de mala muerte, en la avenida Casanova. Y le pidió a Isaac que lo acompañara.

Una vez en el local, Chalbaud entró en la oficina del gerente y Chocrón se dedicó a observar el lugar. Dada su natural sociabilidad, no tardaría en trabar conversación con los trabajadores del botiquín. "El lugar era muy deprimente", evoca Chocrón. "Había unas cuantas ficheras, un maestro de ceremonias o más bien, un mesonero, que tenía la cara pintada y estaba una gorda que era travesti. Me pareció que todos ellos eran marginados pero no estaban tristes sino que, al contrario, estaban muy conscientes de su elección y muy firmes en que ésa era la vida que querían llevar. Siempre he pensado que antes de ser amigo de nadie, uno debe ser amigo de uno mismo. Si uno no es amigo de sí mismo, no puede serlo de otro.

Esta gente, entonces, era amiga de sí misma, de sus opciones de vida; habían hecho su propia revolución. Me resultó evidente que habían encontrado su camino y estaban muy contentos con él, a pesar de que, como me dijo el gordo, sabían que la gente iba a reírse de él. Pero no le importaba. El mesonero era más reticente. Decía que él se ponía maquillaje más que nada por las luces pero que él no era... Román no llegó a filmar en aquel night club y, de hecho, no volvió nunca. Pero yo me quedé con la copla, como dicen los gitanos. Y escribí la obra".

FUERA DEL CLOSET.
Chocrón tampoco regresó al cuchitril.

No le llamaba la atención ni le hacía falta. Ya tenía el germen de su obra y había dado con los personajes que pondrían en escena el conflicto.

"Hubo un momento en que pensé que el personaje que encarna la toma de decisión conforme a las propias opciones de vida, sería un enano. Porque, de hecho, en aquel bar había un enano por ahí, vestido como de payaso. Pero caí en cuenta de que no podía ser un enano porque éste nació así. No lo escogió. Mientras que el gordo sí había asumido su cosa.

–También se nace homosexual. No es una elección. –Sí, supongo que sí. Pero se nace homosexual y luego es necesario asumir esa naturaleza y vivir conforme a ella. O no. Y quien siendo homosexual no lo asume, se condena a una vida desgraciada, a vivir metido en el closet. Mientras que quien sí lo asume, es libre y no vive ocultándose. Lo que, desde luego, no significa que tenga que vestirse de mujer ni ser excéntrico.

Nada de eso. Se trata de tener la valentía de hacer la revolución en el propio corazón. Lo que, por otra parte, se aplica a todo el mundo, con independencia de su identidad sexual. En fin, decidí que mi personaje sería el gordo, porque había asumido, no ser homosexual, que eso es lo de menos, sino que haría lo que en verdad quería, inclusive en ese lugar, donde sabía que iban a burlarse de él.

–¿Usted ha hecho su propia revolución?
–Toda la vida. Soy amigo mío y, luego o por eso, lo soy de mis amigos. Eso explica que todo el que viene a mi casa dice que aquí se respira una gran paz y seguridad. Yo pienso que es por eso.

–¿Qué pasó cuando escribió la pieza?
–Me reuní con Rafael Briceño y José Ignacio Cabrujas para leerla. Desde entonces, La re volución ha tenido la suerte de que, cada vez que se ha montado en Venezuela, la han interpretado los dos mejores actores de su edad. Como ocurre ahora con Héctor Manrique y Basilio Álvarez, que aún rodeados de estupendos actores de su generación, son los mejores. En aquel momento (1971) lo eran Briceño y Cabrujas. Esa primera temporada apenas duró tres semanas porque el público se burlaba de Rafael; hacían avioncitos con el programa de mano y se los lanzaban; le arrojaban bolas hechas de cajetillas de cigarros. La gente se salía por montones, especialmente las mujeres, que no soportaban ver a Rafael Briceño vestido de (la rumbera cubana) María Antonieta Pons. La quitamos.

–¿Cuándo vuelve a escena?
–Esa primera temporada fue algo así como en marzo. Y a final de año volvimos a montarla, esta vez con un éxito descomunal. Muy pronto comenzamos a recibir invitaciones del extranjero. La pieza estuvo un mes en Nueva York y ahora, por cierto, regresará a esa ciudad, en septiembre. En el Festival Mundial de Teatro en Sao Paulo, Brasil, y ganamos el premio al mejor montaje. Fue objeto de varias traducciones al inglés (la primera de ellas, a cargo del actor venezolano Mariano Álvarez, que entonces vivía en Londres).

–¿Qué distingue este montaje de los anteriores?
–En los anteriores (después de Briceño-Cabrujas, la obra sería montada en los 80, por Gustavo Rodríguez y Mariano Álvarez, bajo la dirección de Armando Gotta), no había tanto cariño entre los personajes como lo hay en éste. Un afecto que no tiene nada que ver con el de pareja sino con hermandad.

–¿Qué implicación ve usted en una vuelta a la escena de La revolución en un momento en que esa frase tiene un eco cotidiano?
–Esa pregunta pueden responderla los asistentes que hasta ahora han acudido a verla y que dicen que la pieza parece haber sido escrita hoy mismo. Lo increíble es que algunos amigos chavistas me han dicho que así es como ellos conciben su revolución. Todo el que la ve, piensa que la obra recoge su manera de ver la situación actual. Y eso, especialmente para un dramaturgo, es muy emocionante.

–¿Usted cree que su pieza puede estar por encima de la polarización y constituir un factor de coincidencia?
–Hasta ahí no creo que llegue. Eso es pedirle demasiado.

Además, yo tengo muy claro en qué lado estoy. Todo el mundo sabe cuál es mi posición y si algo agradezco a las actuales autoridades es que me han ignorado, no me han tomado en cuenta, pero me han respetado.

El Nacional, 22 de abril de 2007

 

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