Crítica

 

Sobre cómo enseñarle budismo a los evangélicos

Por Luis David Rodríguez

La amistad es uno de los valores más importantes del ser humano y uno de los más castigados en nuestra sociedad. Ser “panas” no significa, necesariamente, que existe respeto y confianza entre las personas.

En esta oportunidad, hablaremos sobre Una lluvia constante, pieza que se está presentando en el Trasnocho Cultural y se introduce en la existencia de Danny y Joel, dos amigos policías que se ven obligados a tomar decisiones difíciles cuando sus vidas cambian radicalmente, luego de que las fatídicas consecuencias de sus estilos de vida los alcanzan.

Los personajes son muy reales y si no fuese porque los escribió el estadounidense Keith Huff, se podría decir que son muy venezolanos también; aspecto que puede evidenciarse en esta versión latina de Fernando Masllores y Federico del Pino.

Protagonizada por Iván Tamayo y Héctor Manrique, quien también la dirige, la fuerza psicológica de la obra es transgresora, tanto como lo es nuestra existencia en una ciudad tan caótica como Caracas. Salir de la sala con un sentimiento desgarrador y una paranoia colectiva, son señales de que las interpretaciones logran alterar nuestra consciencia y producen una reflexión humana.

Por su parte, los actores entregan un trabajo honesto, que logra conectarse con la audiencia, hacerla sentir recibida a una fiesta de amigos para luego abofetearla y revelarles que la realidad es más dura – y oscura – de lo que se atreven a aceptar.

Iván Tamayo encuentra en Danny, a un hombre marcado por su historia, capaz de causar dolor a sus seres queridos al tratar de evitarlo, precisamente. Héctor Manrique es capaz de presentarnos a Joel como un amigo incondicional e indefenso, o al menos, es así en apariencia.

La puesta en escena tiene la capacidad de acompañar las acciones de los personajes y ejemplificarlas muy bien, pero en ocasiones, es ostentosa cuando existen piezas en la utilería cuyas funciones son cuestionables.

Adicionalmente, ocurre un fenómeno que puede tener consecuencias negativas para la pieza: el grito. Si bien existen discusiones lacónicas en escena, el exceso uso del grito puede opacar la importancia de lo que “se dice” y producir en el espectador un ruido tal, que lo aleje del contenido del texto.

En conclusión, esta obra nos recuerda que los aspectos que quisiéramos cambiar de las personas, de nosotros mismos o de nuestra comunidad, son tan complicados y difíciles como intentar “enseñarle budismo a los evangélicos”.

Publicado en la columna “Scaena & Sensum” del Diario 2001, el lunes 18 de junio de 2012.

 

Diario 2001, 18 de junio de 2012
 

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