Críticas


 

Un dios salvaje
Por Carlos Herrera

Persistencia en una continuidad del hacer que sabe cual es su norte. Tener claro ¿Cuál es la clase de dinámica que hay que afrontar cuando se sabe que se es un grupo independiente y no contar con el obligado aporte económico del estado y que, más allá de su postura ideológica, acción / pensar de lo que debe ofrecerse desde las tablas al público como al sector? No dejarse amilanar por coletillas de “indeseables” porque, saben que no lo son y si en algún momento disintieron en hacer, pensar u actuar se debía a la expresión que en una democracia es opinar y hacer que no necesariamente debe estar en coincidencia con la brújula - lineamientos del estado e instituciones oficialistas que administran – que edifica e indican las políticas públicas para el sector cultural “subsidiodependiente”. Un colectivo con tradición, experiencia, ideas y preceptivas perfiladas nunca desde el ensayo – error compulsivo sino desde la asertiva convicción que esa entroncado desde una dirección que les lleva a un destino particular como colectivo y donde se aglutina voluntades y personas, sueños y haceres que no por obligación deben estar plegados y menos sumisos a lo que ellos no sienten como su norte vital. El Grupo Actoral 80, liderizado por Héctor Manrique ha estado desde hace ya algunos meses en el Teatro Trasnocho con la escenificación de Un Dios Salvaje (versión / traducción efectuada por Fernando Masllorens y Federico González del Pino) para la pieza de la dramaturga, Yasmina Reza, Premio Moliére por su primera obra teatral publicada, Conversaciones tras un entierro (1987). Reza, autora de piezas como La travesía del invierno (1989) Art (1994 y, montada también por el GA80 hace unos años atrás) o, El alba, el anochecer o la noche (2007) ha sabido calar en el interés de directores y grupos en Europa y Latinoamérica, creando expectación por sus tramas, manejo de tensiones temáticas, construcción de situaciones y personajes y el empleo de una inteligente sagacidad para armar tras su lenguaje directo y sin ampulosidades, el asomo a resquicios de lo que es interés del potencial espectador de su tiempo. No es gratuito entonces ver que una pieza sea escenificada por el GA80 en tiempos actuales. La versión al castellano de Un Dios Salvaje permite con algo de ingenio, reto de punzar y sin desviarse del asunto, decir, inflexionar y marcar desde la tablas, una conexión cómplice con el receptor que sabe desligar lo que es de la pieza de lo que es la pimienta de crítica mordaz al sistema ideológico político que vive el país. Una óptica singular que algún otro segmento no verá con agrado aunque de cuando en vez sepamos que tirios y troyanos están en el mismo espacio, degustando el teatro a carcajada batiente o con una sonrisa forzada a flor de labios. La trama de Un Dios Salvaje que pareciese salir desde la situación de un conflicto entre dos familias de estratificación “clase media” deben juntarse para hablar / concertar un acuerdo producto de un incidente entre sus chicos donde uno de ellos golpea y hiere a otro. En la búsqueda de una conciliación donde prive la tolerancia, la convivencia sin escollos y un acuerdo dialogado con tónica civilizada, empieza a discurrir de forma insidiosa y ascendente, los resquicios de las relaciones maritales, de ¿qué es público y que es privado entre dos entes familiares?, de que se debe dejar al olvido y que se debe traer al uso de lo cotidiano entre seres de un hogar y que se emplea / percibe de otro núcleo familiar parecido o antagónico. Así, la central de una discusión deja que la violencia de lo verbal a veces disfrazada a veces contenida a veces solapada cobre por momentos, iracunda desproporción haciendo que cada personaje aflore vetas psicoafectivas que trasciende lo que les hace estar unidos en lo emotivo, sexual o simbólico de una unión. Ironía y sarcasmo, oposición de sexos, fragilidad de lo establecido como norma, la individualidad y lo reactivo se enviste de humor agrio a fin que cuatro seres / personajes dibujen el complejo mapa de una “frustración” solapada. Lo trivial anecdótico queda en segundo plano y surge para desternillamiento del receptor, la absurdidad de un ente salvaje que nos gobierna “desde la noche de los tiempos”. En todo caso, hay que tomar en cuenta lo que expresó el intelectual Ibsen Martínez en su alcance del día 19.03.2010 en un impreso de circulación nacional al decirnos que: “No es una discrepancia menor porque el original francés se titula Le Dieu du Carnage, que en mi libérrima versión viene a ser El Dios de las Matanzas: de la carnicería, en el sentido que en español damos a la palabra masacre”. Es desde esa capacidad Manrique con aplomada certeza que con poco dice mucho, que con una puesta donde el texto se defiende solo y que la plantilla histriónica es un asunto que debe saber llevar porque son tan efusivamente profesionales que si les deja, ¡vaya!, podrían prescindir de él, je jeje… y auto dirigirse por esa capacidad que les ha otorgado una profesión sin pamplinas, remilgos y arribismos, es decir, que tanto en lo técnico del recurso del cuerpo como en la responsabilidad de construir el personaje y asentar sin equívocos sus situaciones en y sobre la escena, captan las sutilezas del texto y esa acción pendular que se emana del proscenio, se aprehende en la recepción del público y se retransmite nuevamente al actor, para así crear una retroalimentación que impulsa el ritmo y cadencia del actuar de cada actor y del colectivo como tal. Es por ello que no fue un sencillo plan de movimientos para la puesta, no era colocar un mueble acá o una alfombra acá o, que la iluminación (de José Jiménez) cree las coloraturas mutaciones para tal o cual precisión de atmósfera según la explosividad de cada escena era, tener la precisión de que se tiene un sentido que la jovial explosividad de un cuerpo y una gestual así como del ese rico mundo de expresar con humor lo que es complejo por parte de Basilio Álvarez este a contrapelo con lo que es su pareja (personaje) que construye con brutal profesionalidad en cuanto a potencia, buena dicción, chispazos de lo agridulce para que lo verbal adquiera resonancias y contundencias en lo significativo interno y lo expresivo externo dado por Martha Estrada que aglutina a una pareja. La otra, hilada por Iván Tamayo y Carlota Sosa que a la par de sus compañeros de tablas, juegan en alto positivo con las fuerzas, la dinámica y la visual entonada para hacer ductilidad, aplomo y credibilidad a ese matrimonio que debe concentrarse en dialogar con otro totalmente dispar. Es ahí que la manos de Manrique fue lúcida: supo sacar lo mejor de cada uno de estos actores y llevarlos a punto de hervor para que lo contradictorio sea creíble y que el guiño de inflexionar cosas al espectador con lo que le es actual, no se le desbordase. Equilibrio, cabalidad y pulcritud son sinónimos para una respuesta desde lo que percibí como resultado de este team actoral que logró su objetivo mayor: conectarse de principio a fin con la platea. La confección general del espectáculo está asentada por los aportes dados por el vestuario de Eva Ivanyi para darle sentido de contemporaneidad a estos personajes. De la producción general de Carolina Rincón y Jorgita Rodríguez quienes ya tienen el olfato, la sensibilidad y el talento femenino para que trabajos de esta naturaleza calen con calidad, carisma y sentido oportuno ante la expectativa de quien paga en taquilla para ver un trabajo profesional de alto brillo. Un Dios Salvaje estará en taquilla hasta que los números digan lo contrario; de ahí a girar!


 

Bitácora Crítica, 19 de abril de 2010

 

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