De Interés

 

"Acto cultural" y yo

Por Carlos Russo

 

Acto Cultural y yo tenemos en común haber nacido en Caracas, el mismo mes del mismo año: agosto de 1976. Yo he envejecido, la obra no. Eso ocurre con los clásicos. Treinta y cuatro años después de su estreno, el GA80 –quizás el único grupo teatral venezolano consecuente con la dramaturgia cabrujiana– nos ofrece una reposición impecable.

El texto de Cabrujas es un libreto metateatral: teatro dentro del teatro. Por tanto, la estructura del tiempo es un vaivén posible que lleva al espectador del siglo veintiuno hasta un pueblo trujillano durante el régimen dictatorial de Juan Vicente Gómez y de allí lo regresa a los años de Cristóbal Colón viajando por toda Europa en la búsqueda de financiamiento para su loco viaje, que luego se concreta en el Descubrimiento de América.

Todo el texto es poesía. Poesía que uno como venezolano la siente cerca, pero que tampoco debe ser extraña para un forastero. Las palabras cabalgan en las lenguas de los actores. De aquí la grandiosidad del teatro de nuestro dramaturgo fallecido, que según se cuenta entre sus pupilos, escribió muchas de sus escenas durante los ensayos y creó muchos personajes para su gente querida.

Yo no disfruté de su trabajo mientras él estuvo en vida. Murió prematuramente en 1995, en una piscina en Porlamar. Yo tenía dieciocho años, apenas salía de mi casa para emanciparme. Pero recuerdo dónde estaba y qué hacía esa noche: salía de la Cinemateca Nacional en la Plaza Morelos, Los Caobos, y me encontré con un amigo mayor quien me dio la noticia. Poco sabía entonces de José Ignacio Cabrujas: que era un hombre de teatro y televisión, del cual yo habría visto seguramente algunas de sus telenovelas pero de quien no había leído ni visto ninguna de sus obras de teatro.

Este enero de 2011 (ya con la experiencia de haber visto la inolvidable reposición que hiciera el mismo GA80 unos cinco años atrás de El día que me quieras), la magia del teatro revive ante mí una anécdota, unas vidas de ficción que parecen tan reales, un espacio… Lo que estaba ocurriendo treinta y cuatro años antes en Caracas, por allá por la avenida Andrés Bello, en el Teatro Alberto de Paz y Mateos, mientras yo gritaba y pedía teta en un pabellón del hospital Magallanes, de Catia…

Y me maravillo porque este viaje teatral no es sólo a la época de Gómez ni de Colón, sino también a una época del teatro venezolano donde se podían montar obras divertidas sin que fueran frivolidades, comedias sin que fueran vodeviles, dramaturgia venezolana que nos miraba de afuera hacia dentro y no al revés… Hacen falta los nuevos Cabrujas, apenas tenemos un Elio Palencia que le roza… Héctor Manrique, en su dirección, pareciera pertenecer a la época de ese buen teatro y el elenco al que dirigió (Samantha Castillo, Melissa Wolf, Angélica Arteaga, Daniel Rodríguez, Juan Vicente Pérez, Juvel Vielma), una promesa a la altura de los primeros interpretes de Acto Cultural.


6 de marzo de 2011

 

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