Acto cultural

Por Leonardo Azparren Jiménez

José Ignacio Cabrujas fue un hombre y un creador asediado por sus tormentos, que hacen pensar en una inmensa soledad interior. Cuando cumplió cincuenta años, declaró: "Esa es la historia de mi vida: querer ser amado por todo el mundo". Su vocación de escritor, a partir de Víctor Hugo, no excluyó su rechazo a la cultura: "La cultura nunca me ha explicado a mí mi vida". A esta polaridad añadió su crisis política: "Cuando en el 68 el partido comunista dice: `paz democrática’, la estampida fue muy grande, se acabó, la estampida fue al mundo individual". Había sido comunista "porque yo vivía en Catia". Antes fue formado por los jesuitas: "Era creyente; hacía, como todos allí, los famosísimos ejercicios espirituales y creía absolutamente en la religión".

Para él "no hay nada más parecido a una religión que el comunismo, el comunismo es la última religión que el hombre ha creado".

Con este bagaje intelectual y existencial se hizo hombre de teatro; al inicio bajo la influencia de su maestro, Nicolás Curiel: "El teatro que yo hice en ese momento era muy de definiciones políticas y de requisitoria contra ese imperialismo".

Después de su prisión en el SIFA, en 1967, cambio y escribió Fiésole: "mi gran fracaso teatral, pero mi gran orgullo, porque yo me dije `al diablo’, yo voy a escribir de lo que me pasa", y descubrió que el teatro es gente que habla como su tía Josefa: "el día que yo le presente a los venezolanos la forma de hablar de mi tía Josefa se van a reír mucho". Pero la gente con el habla de su tía no fue cualquiera. A partir de Pro
fundo construyó un universo de fracasa
dos y atormentados: "Esos seres de los que yo hablo, los envuelve una vida de fracaso, todos fracasan, todos son fracasados". Y redondeó su visión: "a mí siempre me interesó el tema de la frustración, del derrotado, del que balbucea y fracasa y no sabe por qué".


Acto cultural es la más acabada expre
sión de esa sensibilidad, en el contexto de un país según Cabrujas: "Uno debe amar este maldito país, uno debe amar esta mierda de país. Hay que amarlo para poder tener coraje de hablar mal y no hablar mal por un estado enfermizo de la persona". Ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario, ésta fue la postura atormentada de Cabrujas, una sensibilidad muy atenta al día a día de Venezuela. Por eso, Acto cultural es la mejor metáfora de un país que, a su manera, en 1976 y ahora se cree ombligo del mundo. Si no, no se comprende por qué Amadeo Mier escribe una obra en la que Cristóbal Colón viene directamente a descubrir a San Rafael de Egido; es decir, a cada uno de nosotros en nuestra aldea particular. Semejante pedantería denota una obnubilación cultural, histórica y personal, que no podía conducir sino al fracaso. Por eso, los miembros de la junta directiva de la Sociedad Louis Pasteur terminan solos en la representación de su mascarada, desnudando sus frustraciones.

La metáfora del país, tan compenetrada con lo que somos, no sólo muestra el fracaso de un proyecto sustentado en palabras sin correlato con la realidad.

También representa el divorcio entre una élite, aislada en sus construcciones ideológicas, y el mundo real. Amadeo Mier y sus amigos se complacen en anunciar a las altas autoridades que los acompañan y legitiman, gobernadores, gente de la cultura, religiosos, masones y militares; es decir, los paradigmas del orden social. Sin embargo, al final están solos con la vaciedad de su discurso, con el que pretendieron enmascarar, si no, modificar su pequeña e insignificante existencia. La pregunta es si aún estamos ­¿somos?­ así, seres envueltos en una retórica que falsea la realidad, hasta que ésta se impone.

Sin la menor duda, la producción del GA80, bajo la dirección de Héctor Manrique, ha demostrado la absoluta vigencia de esta obra. En su aspecto visual, el vestuario (Eva Ivanyi) y la utilería y la pintura escénica (Oscar Salomón) juegan un rol importante en el aspecto paródico de la obra, porque acentúan lo grotesco de los personajes y de la situación en la que están. La pretensión grandiosa de Amadeo es desdicha por el ambiente en el que la presenta. Éste es un aspecto primordial de la producción, porque le da consistencia al montaje al traducir en imágenes escénicas aspectos importantes del imaginario propuesto por Cabrujas.

El planteamiento de Manrique compromete lo más que puede al espectador, casi de manera similar como en el montaje del estreno en 1976; pero en esta ocasión la dirección enfatizó el interactuar del actor con el espectador. Además, acentuó su aspecto lúdico al hacer que los actores construyeran la escena de la obra de Amadeo, aspecto que, en su contrapartida, distrajo un poco la atención del texto en algunos de sus momentos más magistrales. En su aspecto actoral, Manrique logra coherencia interpretativa en sus actores, aunque el recitado merecía un mejor y más cuidadoso trabajo en los matices del texto, delicados los más para expresar la diversidad de estados de ánimos de los personajes. Es bueno recordar que la parodia del texto conduce a un final amargo y desolador.

En los actores advertimos, en primer lugar, algún exceso físico cuando son los miembros de la junta directiva, mientras que cuando son los personajes de la obra logran mejor la parodia. Es un elenco homogéneo y sin desniveles en sus interrelaciones, aunque sin mucha profundidad en la interpretación de la semántica del texto. Joven, sin duda, como se observa en la administración de sus recursos expresivos, el elenco mantiene el ritmo impuesto por la dirección y, lo más importante, más allá de la crítica, la atención del espectador.

Para quienes no estamos acostumbrados a la programación del Trasnocho cultural, nos resulta extraña la programación de esta obra fundamental de nuestro teatro: sólo sábados y domingos a las 4:00 p.m., un horario casi de relleno.

Sin embargo, ahí está el público, confirmando que José Ignacio Cabrujas nos es indispensable.