De Interés

 

Cuatro personajes poseídos por una fuerza autodestructiva

"Un Dios salvaje" se presenta en Trasnocho Cultural de Las Mercedes

Por Angel Ricardo Gómez

¿Hay diferencia entre abandonar un hamster en plena vía pública y defender a una empresa que produce un fármaco, cuyos efectos secundarios causan estragos en la población? ¿No es lo mismo un niño africano de ocho años empuñando un rifle que uno venezolano comandando una banda de azotes de barrio? ¿Acaso hay distinción entre dos parejas francesas discutiendo por sus hijos y dos bandos políticos insultándose en la plaza de Altamira?

Para Yasmina Reza, autora de Un Dios salvaje, hay un solo ser humano gobernado por una fuerza que lo hace capaz de autodestruirse. La dramaturga parte de un episodio "infantil" para abordar un complejo conflicto del género "pensante". Mas no es fácil la tarea...

En Art puede ser condescendiente con los tres hombres que casi se matan por un cuadro en blanco. Cualquiera pudiera aceptar como amigo a alguno de ellos. Pero en Un Dios salvaje no puede ser piadosa. Los personajes son repugnantes. Se revuelcan en sus propias heces. El vómito en escena delata la sensación que le producen los casos que presenta. Pero es tan brillante la creadora que todos ríen al verse reflejados en el estercolero.

El Grupo Actoral 80 -al que le fue arrancado el apoyo estatal- presenta su versión de una pieza premiada internacionalmente, que se torna universal al mostrar al ser humano en todo su esplendor y decadencia. Héctor Manrique dirige a Carlota Sosa, Martha Estrada, Iván Tamayo y Basilio Álvarez en esta ácida comedia.

Un niño le sacó dos dientes a un compañero con un palazo. Los padres del "agredido" han invitado a su "hogar" a los padres del niño "agresor" para tratar de solucionar "civilizadamente" la situación. Lo que comienza como un cordial encuentro se va tornando en una batalla campal que deja al descubierto la miseria humana de cuatro individuos en conflicto consigo mismos, con sus parejas y con la humanidad.

Paulatinamente van saliendo los demonios del hombre vulgar, que aplaude que su hijo, el "agredido", lidere una pandilla, y avala que haya llamado "soplón" a su compañero; el abiertamente salvaje, refugiado en un teléfono celular, que ve en el hijo su más vivo reflejo y justifica el batazo; la "perfecta", preocupada por la humanidad, que no se da cuenta de que tiene un incendio en casa; y la mujer tímida, sumisa y aparentemente culta y educada, que se vulgariza con unos traguitos de coñac.

Con fino humor negro, Reza muestra la fragilidad de las relaciones y las lealtades, con alianzas fugaces entre personajes inconsistentes, la incapacidad para autoevaluarse y asumir responsabilidades, la miopía que genera el egocentrismo, el materialismo...

Si Invictus, de Clint Eastwood, es una película necesaria en una Venezuela obligada a reencontrarse con los conceptos de reconciliación, tolerancia y auténtica política, Un Dios salvaje es una obra de teatro imprescindible en un país enceguecido por la polarización.

 

El Universal, 16 de febrero de 2010

 

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