De Interés

 

 

Fresa y chocolate EL LOBO, EL BOSQUE Y EL HOMBRE NUEVO

DE SENEL PAZ,

por Alfonso Molina

Hagamos un poco de historia. Cuando en 1990 Senel Paz recibió el Premio Juan Rulfo, otorgado por Radio Francia Internacional, por su cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo estableció una referencia en la literatura cubana. Cuenta la conmovedora historia de David, joven militante comunista, y Diego, homosexual marginado política y socialmente en la Cuba de 1979, que entablan una amistad más allá de sus preferencias ideológicas y sexuales. En diciembre de 1993 se estrenó en el Festival de La Habana su adaptación cinematográfica bajo el título Fresa y chocolate, con guion del propio Paz, las actuaciones de Jorge Perugorría y Vladimir Cruz y la dirección compartida de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Arrasó con ocho premios, incluidos los de película, director, actor principal, actriz secundaria y el de la crítica, En febrero de 1994 le fue otorgado el Premio Especial del Jurado en el respetado Festival de Berlín. Fue acumulando galardones internacionales hasta su postulación al Oscar como mejor film no hablado en inglés a principios de 1995. La Academia de Hollywood consideró la posibilidad de darle una estatuilla a un film cubano. Esa era la noticia entonces. Pero Fresa y chocolate no pudo con Quemados bajo el sol, del maestro ruso Nikita Mijalkov. No obstante ese revés, el penúltimo film de Gutiérrez Alea —nombre fundamental del cine latinoamericano— se convirtió en un emblema de la lucha contra la discriminación entre los seres humanos, lanzó a la fama internacional a Perugorría por una actuación descollante y colocó el nombre del narrador cubano de 45 años en el reconocimiento más allá de su patria. Casi dos décadas después, su autor convirtió esa misma historia en una pieza teatral para tres personajes y el director venezolano Héctor Manrique acaba de estrenar su montaje con la producción del Grupo Actoral 80. A lo largo de la función, el espectador —haya o no visto la película— percibe que la idea central de su planteamiento es terriblemente actual y que su vigencia se corresponde con la calidad del montaje caraqueño.

Aquel cuento se desarrolló como guion, luego como film y ahora como trabajo escénico, siempre bajo la óptica del mismo autor. Paz redujo la variedad de personajes a solo tres hombres, mejor dicho, dos hombres y una sombra. No obstante, el relato corto y la pieza teatral comienzan y terminan con la voz y la perspectiva de David, el joven comunista lleno de prejuicios, en la célebre heladería Coppelia de la capital cubana. Él es quien narra su vínculo con Diego, un excluido por el sistema que se atrinchera en un apartamento lleno de libros, discos, imágenes religiosas y sueños creativos, donde están presentes Giuseppe Verdi, María Callas, Ignacio Cervantes (en el film Diego hace referencia a Ernesto Lecuona: “ese cubano universal”), José Lezama Lima, Virgilio Piñero y Reinaldo Arenas. Música y literatura como herramientas de defensa de un ser acorralado. Y es Diego también quien cuenta la partida de su entrañable amigo a quien debía un abrazo.

De manera muy precisa, el autor expone la conciencia política del joven comprometido con la revolución y retado por la necesidad de aceptar a quien es distinto… pero igual. En cambio Diego tuvo un compromiso político que fue abandonando en la medida en que el proceso revolucionario lo rechazaba. La amistad entre ambos hombres surge a partir de sendas mentiras —política en David y sexual en Diego— que luego se transforma en procesos de conocimiento mutuo hacia la convergencia en una verdad universal: la amistad y el respeto unen a los seres humanos. Aunque la personalidad de Diego es arrolladora y entusiasta, el personaje que realmente cambia es David. Evoluciona desde su primitivismo intelectual hasta plantearse la creación literaria y el pensamiento autónomo. Tanto en el relato como en la película y la obra teatral David representa la transformación del ser humano. Es quien se queda en la isla porque cree en su revolución pero no condena a Diego por su decisión. Este último es una víctima histórica.

La puesta de Manrique es sobria, precisa, sin excesos, apoyada en una escenografía detallista —cuyo autor desconozco— y en la iluminación progresiva y oportuna de José Jiménez, factores que van marcando los distintos planos temporales y espaciales de la trama. El vestuario de Iva Ivanyi es fundamental tanto en el personaje comunista como en el homosexual e incluso en el del comisario político. El director del Grupo Actoral 80 estableció un ritmo pausado que permite que cada personaje se desarrolle. Centra la atención del público en esos dos hombres y destaca la mirada vigilante del tercer personaje. Va construyendo los perfiles del lobo, del hombre nuevo y del bosque a través en un juego escénico llevado sin prisas pero sin pausa. Todo fluye con el tempo adecuado. Texto y montaje se articulan con propiedad.

Las actuaciones de Daniel Rodríguez y Juan Vicente Pérez destacan las personalidades de Diego y David de forma creciente. Si bien al principio de la función —la del estreno, siempre la más difícil— se percibían un tanto inseguros, a medida que avanzó la representación ambos actores proyectaron su fuerza interpretativa y se apropiaron de sus personajes. Recordé los trabajos de Cruz y Perugorría y creo que Rodríguez y Pérez estuvieron a la altura. Ambos crean un clímax muy definido que no deja lugar a dudas. La presencia vigilante de Wadih Hadaya como Miguel en un momento desencadena la resolución del conflicto. Pero no cabe duda de que el peso de a obra recae sobre los hombros de Rodríguez y Pérez.

Veinte años después de Fresa y chocolate, el film, el texto de Paz adquiere mayor fuerza. Básicamente porque la esperanza que aún imanaba la película de Gutiérrez Alea y Tabío, en pleno periodo especial tras la disolución de la Unión Soviética, ha desaparecido en Cuba. Los ideales de David se hundieron en el fracaso histórico y el drama de Diego sigue siendo el de miles de cubanos que abandonaron su país en busca de una vida mejor. Quizá la homofobia del régimen sea menor pero lo que no es menor es el derrumbe de la utopía socialista. Eso nadie lo puede ocultar. Con todo, cabe recordar que Paz sigue viviendo en Cuba, como muchos escritores y artistas disidentes. Él, como su personaje David, fue un muchacho campesino que se benefició de los primeros años de la revolución y logró insertarse en la escritura como oficio. Es uno de los que se quedaron.

El lobo, el bosque y el hombre nuevo del título original establecen una relación de símbolos en su cuento. Diego representa el lobo depredador que amenaza el proceso revolucionario, que a su vez representa el bosque social de las grandes transformaciones, mientras David es el hombre nuevo que promete el comunismo. Tres grandes mentiras articuladas por las necesidades políticas. Cuento, film y pieza teatral han impactado de manera significativa en la sociedad cubana. Y en todas las sociedades donde la homofobia, la intolerancia y la discriminación despliegan sus garras. Como la nuestra.

FRESA Y CHOCOLATE, de Senel Paz. Dirección: Héctor Manrique. Producción: Carolina Rincón para el  Grupo Actoral 80. Iluminación: José Jiménez. Vestuario: Eva Ivany .Asistente de Dirección: Angélica Arteaga Elenco: Daniel Rodríguez, Juan Vicente Pérez, Wadih Hadaya. Teatro Trasnocho del Paseo Las Mercedes, viernes a las 8 pm, y sábados y domingos a las 6 pm.

 

 

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