De Interés

 

Tantas veces Lulú

Por Leonardo Padrón

El escritor y dramaturgo Leonardo Padrón se despide de su amiga la actriz venezolana Lourdes Valera quien falleció la semana pasada

Exclusivo para Prodavinci.com/ Nombrar la amiga, la actriz, la mujer mínima y gigante. Las dos sílabas idénticas y refractarias, el eco cómplice, la contraseña para quererla: Lulú. Decir el dolor de su muerte desde el idioma. Saberse precario, inútil. Privilegiar los trofeos de la memoria. Lulú, dijimos todos en el aplauso. Lulú, escribimos en la admiración. Hubo tantas historias con su santo y seña, con su mapa oficial: Lourdes Valera. Hubo, sobre todo, un rigor en su oficio. Una pasión en su disciplina. Creo no exagerar si digo en voz alta que nadie besó tanto una vocación. Su mejor oxígeno era el escenario. Era su reino. Su planeta personal. Ella fue tantas personas. En el íntimo teatro, en la multitudinaria televisión, en la butaca de las películas. Lulú fue La Chata, la Zurda, Burusa, Cerebrito, Purificación. Fue Delia Fiallo, fue Cabrujas, Garmendia, Lamata. Fue telenovela, fue parlamento final, fue carcajada en el proscenio. Lulú nos hizo a todos más felices. Y casi no nos dábamos cuenta. Era parte de su don: la levedad de ser definitiva. Su risa era un énfasis en nuestro álbum cotidiano. Un sonido archivado. Un resguardo. Yo la nombro desde la comarca de un liceo, desde el sacramento incorruptible de la amistad, desde el abrazo ritual de su boda con Luis Alberto Lamata. Ellos, lo digo sin impudicia, quizás de las más poderosas instancias de amor que he conocido. La nombro en todas mis historias de televisión. Le digo amuleto, virtud y maravilla actoral. Lulú fue la confidencia, el pasillo, la solidaridad. Llegar a su espacio era abrir una casa de aire y cobijo. Supo estar en la vida con la fiesta de los que vuelan. Fue reina en los códigos de la ficción. Era la comedia y el drama, la sutileza y la certidumbre. Les hacía la vida más plena a sus personajes. Los convocaba a crecer, los alimentaba desde el respeto, los llevaba a los estudios de televisión, los sets de filmación, los camerinos, agarrados de la mano, sin posibilidad de traición o desamor. Supo, como nadie, urdir personajes característicos. Esos que llegan y marcan, que anochecen o iluminan, que te hacen reír para siempre y te exigen fabricar otros aplausos. Lulú fue la unanimidad. La actriz que nadie supo ignorar. El talento que se ovaciona en el inventario. Quererla era tan fácil. Tan necesario. Actúo con todos y para todos. No hay ciudadano de este domicilio llamado Venezuela que no la haya celebrado. La última vez, pocos días antes de morir, la vi luchando sin aire, animosa y corajuda, pero devastada por una enfermedad que no conoce la piedad. Y entonces ese estupor de verla así, tan amiga, tan muchas veces, tejiendo un abrazo y comenzando a irse para quedarse. Su sonrisa, es decir, su insignia, pulsaba para salir a flote y pronunciar la vida. Me quedé arrasado por lo inminente. Ella seguía hablando del oficio, de lo risueño, de lo que palpita en las miradas. Seguía siendo Lourdes Valera, el duende y la magnífica. Comienza ahora un silencio llamado eternidad. Queda su brillante vida. Su impecable carrera. No hay escritura que la alcance en el homenaje merecido. No hay lágrima que no sea aplauso atronador. No hay adiós posible. Hay Lulú en todos nosotros. Muchas veces. Tantas veces Lulú!

Prodavinci, España. 7 de mayo de 2012

 

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