De Interés

 

Patología del genio

Picasso, dice Richardson en sus memorias, “necesitaba desesperadamente admiradores que alimentaran su ego voraz”

Por Antonio Muñoz Molina

El rey Midas del arte del siglo XXI es el galerista Larry Gagosian. Debe de ganar tantos miles de millones vendiendo tiburones en formol de Damien Hirst a estafadores financieros y traficantes de petróleo y de otras sustancias aún más lucrativas que tiene suntuosas sucursales de su galería en casi todas las zonas más caras de la Tierra: en Madison Avenue, en Beverly Hills, en Ginebra, en Londres, en París, en Hong Kong. Los tiburones en formol, los becerros chapados en oro, los cuadritos de lunares y los estantes farmacéuticos de Hirst son tan rentables para el galerista Gagosian como las aspiradoras en vitrinas de cristal y las panteras rosas y perritos de porcelana de Jeff Koons. El mapa mundial de sus galerías se corresponde fielmente con el del flujo de los capitales especulativos.

Picasso y su mujer François, en la celebración del 70 cumpleaños del pintor en Francia.

Todo esto tiene una inmensa ventaja para lo que podemos llamar la infantería de los aficionados al arte. Larry Gagosian gana tantísimo dinero que de vez en cuando se permite el lujo de organizar exposiciones de una ambición y un calado que serían prohibitivos para muchos museos. Museos reticentes a prestar nada y coleccionistas particulares le ceden casi cualquier cosa con la esperanza, supongo, de congraciarse con él o de obtener a cambio favores que solo están a su alcance. A mí la mayor parte de los artistas a los que representa Larry Gagosian me conmueven tanto como el índice Dow Jones, pero soy devoto incondicional de sus exposiciones antológicas, y me congratulo, no sin bajeza, de que el margen de beneficio de un damien hirst o de uno o dos chimpancés de porcelana de Jeff Koons le basten para sufragar una retrospectiva de Monet, de Anselm Kiefer, de Richard Avedon, de Willem de Kooning, de Picasso.

En Nueva York hay tres sucursales de la galería Gagosian: dos de ellas en esos antiguos almacenes portuarios de Chelsea que son obras maestras de la arquitectura industrial; la tercera, en dos plantas de un edificio art déco en la zona más cara de Madison Avenue. Una de las galerías de Chelsea la tiene ahora ocupada Larry Gagosian con las grandes fotos colectivas que hizo Richard Avedon a finales de los años sesenta. En ese mismo espacio vi hace dos o tres años la secuencia alucinante de los paisajes que el viejo Monet pintaba en su jardín de Giverny al final de su vida. También en esas salas inmensas habían estado los oleajes de hormigón armado, los árboles fósiles, las bibliotecas con volúmenes de plomo de Anselm Kiefer; y unos años atrás yo había visto allí mismo otro de esos tesoros de la invención torrencial que a veces les sobrevienen a los mejores maestros en la laboriosidad de la vejez, los grandes óleos que pintó De Kooning hacia la mitad de los setenta.

Aparte de Larry Gagosian, no hay galerista particular en el mundo que pueda permitirse su exposición de esta primavera en las salas de Madison: un repaso, organizado por John Richardson, de los diez años que pasaron juntos Picasso y Françoise Gilot, entre 1943 y 1953, desde el día en que se conocieron en un restaurante del París ocupado hasta el de la huida de ella, en un taxi, en compañía de sus dos hijos pequeños, Claude y Paloma.

Françoise Gilot, a los 91 años, es una anciana de mente lúcida y ojos fulgurantes. Su gran proeza fue escapar de Picasso y preservar su propia vida, a diferencia de todas las demás mujeres que estuvieron con él; pero esa vida propia la ha pasado rememorando a Picasso y contestando preguntas sobre él. Aparte de Françoise Gilot, John Richardson es probablemente la persona que más sabe de Picasso en el mundo. Le lleva dedicados los tres volúmenes de una biografía ingente que sin embargo solo ha llegado hasta ahora a los años treinta. Con ochenta y tantos años, John Richardson trabaja en el cuarto volumen. La escala de su erudición es portentosa, tanto como la agudeza de sus observaciones estéticas, pero más aún que su biografía de Picasso me gustan sus memorias, The Sorcerer’s Apprentice, que son el relato franco del aprendizaje de un hombre joven que se adentra en la vida y en las artes guiado por dos maestros mayores, uno su amante, el coleccionista Douglas Cooper, el otro Pablo Picasso, justo después de la II Guerra Mundial, cuando ya se había convertido en una celebridad mundial, en el modelo mitológico del genio, el que aparecía retratado en camiseta a rayas y pantalón corto en los noticiarios y en las revistas ilustradas, el que reinaba como un monarca entre burlesco y tiránico sobre una corte de aduladores y sirvientes.

La exposición deja un sentimiento raro. Salvo chispazos ocasionales de admiración —una cara que es una sola mancha de tinta, una figurilla de barro—, el efecto de la sobreabundancia es una gradual monotonía. La celebrada fertilidad del artista sin sosiego que no para de trabajar nunca le lleva a la repetición neurótica de unos ciertos rasgos previsibles de estilo: Picasso pintado y firmando picassos a toda velocidad, dibujando, haciendo esculturas, moldeando cerámicas, como perdido en una cámara de ecos en la que todas las voces son la suya, en un laberinto de espejos en el que solo puede verse a sí mismo en cada una de las caras de la multitud. En una época anterior, cuanto se enamoró de la adolescente Marie-Thérèse Walter, se había identificado con la figura del Minotauro, el monstruo animal y humano que sucumbe por mediación de una de las jóvenes que le son entregadas en sacrificio. En la época de Françoise Gilot también pinta a una mujer con una espada y un Minotauro decapitado, pero la imagen parece menos poderosa, hasta desganada.

Picasso, dice Richardson en sus memorias, “necesitaba desesperadamente admiradores que alimentaran su ego voraz”. En el libro que escribió sobre él, Françoise Gilot atestigua una mezcla de soberbia y de ansiedad que probablemente es la consecuencia de las unanimidades en la admiración y el dominio originadas en el siglo XX por las tecnologías de la comunicación de masas. Como el tirano en su palacio o en sus baños de multitudes, el genio llega a un momento en el que solo escucha voces de halago y solo ve gestos de adoración o de súplica. Ya no tolera no ser celebrado; pero como también desdeña el servilismo de los adoradores, el elogio que viene de ellos es un alimento mediocre que en el fondo no sacia. En el tumulto cortesano del poder y de la celebridad hay un abismo de aburrimiento. Algo que llama la atención en las memorias de John Richardson es la cantidad de gente más o menos famosa que rodeaba a Picasso en los años cincuenta, antes y después de la huida de Françoise Gilot, poetas, pedigüeños y bufones incluidos. Celebraban grandes cenas en las que Picasso apenas comía ni bebía, solo fumaba, y acudían formando un séquito a las corridas de toros. Por esa época Richardson fue a visitar a Georges Braque y le preguntó por su antiguo amigo, su colega y rival en la invención del cubismo.

—Picasso solía ser un gran pintor —le dijo Braque. Ahora es meramente un genio.

Pablo Picasso and Françoise Gilot: Paris–Vallauris 1943–1953. Gagosian Gallery. Nueva York. Hasta el 30 de junio. www.gagosian.com. El aprendiz de brujo: Picasso, Provenza y Douglas Cooper. John Richardson. Traducción de Fernando Borrajo. Alianza Editorial. Picasso. Una biografía. John Richardson. Dos volúmenes. Traducción de Adolfo Gómez Cedillo, Esther Gómez Parro, Rafael Jackson y Fernando Villaverde. Alianza Editorial. A Life Of Picasso Volume III: The Triumphant Years, 1917-1932. John Richardson. Jonathan Cape .

El País, España. 9 de junio de 2012

 

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