Especial

Juan Carlos Gené

Gené, el hombre de teatro total

Por Ernesto Schoo

Para mí siguió siendo y siempre será Pocho, el sobrenombre familiar con que, más de medio siglo atrás, conocí a Juan Carlos Gené en el taller de actuación de Roberto Durán. Era en los comienzos de los años 50; la compañía Renaud-Barrault había visitado por primera vez la Argentina y provocado una verdadera conmoción: el redescubrimiento de la expresión corporal. Durán, maestro exigente como pocos (virtud que transmitió a Gené), nos extenuaba con los ejercicios, sobre todo los de León Chancerel (La gota de miel), en los que Pocho sobresalía, como sobresalía en todo: era ya un actor formidable, así como sería un formidable director, maestro de actores, hombre de teatro total, que uniría la exigencia estética a una conducta ética de pureza intachable.

Gené actuaba y dirigía por entonces la Dulcinea de Gastón Baty (que sería la base de El hombre de La Mancha), en un teatrito de la calle Tucumán, escenario al que invitó a Héctor Bianciotti, futuro académico de Francia, para montar Lucha hasta el alba, del italiano Ugo Betti, autor de moda en la época. Yo hacía allí un modesto papel secundario, y recuerdo cómo Pocho me estimulaba y, discretamente, aconsejaba. Creo que esa discreción, esa auténtica modestia de quien es grande de verdad, le venía de cuna a Gené: nunca se lo vio en actitudes grandilocuentes, ni robándole cámara a nadie, ni dándole a sus trabajos, de calidad superlativa, más importancia de la de quien cumple, sencillamente, su deber. Como director, en las noches de estreno huía de la sala y se refugiaba en un café cercano, a la espera del resultado.

Aunque disentíamos en política, nunca permitimos que esa diferencia nos enfrentara. Tan sólo el largo exilio aflojó un tanto la vieja amistad, parcialmente renovada a su regreso. Parcialmente porque ya los intereses de ambos nos absorbían, y él se había unido a Verónica Oddó, la gran actriz trágica chilena, con quien desde entonces formaron una pareja extraordinaria, en la docencia y en el escenario. En agosto de 1996 me tocó reemplazar a Pocho en la dirección general y artística del San Martín, que él había desempeñado durante los tres años anteriores. Afirman quienes presenciaron el acto que nunca vieron una ceremonia similar tan cordial y emotiva: fue, para mí, el recibir la antorcha de manos del invicto. Más tarde he aplaudido sus notables trabajos como actor y director, ya fuere en Minetti, o dirigiendo a un excepcional Walter Santa Ana en Krapp, o como dramaturgo y actor en su originalísima versión de Bodas de sangre, o al frente de un Hamlet notable. Lo vamos a extrañar, ya lo estamos extrañando: no abundan los seres que, como él, son personas verdaderas, raros ejemplares de auténtica humanidad.


 

La Nación, Argentina, 4 de febrero de 2012

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