Especial

Juan Carlos Gené

Se va Gené. Se va Szymborska

Por Willie McKey

 

1. Gené. 31/01/2012

 

Venezuela, donde nada de lo que pasa me puede resultar indiferente.
 J.C.G.

 

La muerte de Juan Carlos Gené —escribir desde la tristeza obliga a los lugares comunes— nos resultó una tragedia. Más allá del íntimo cariño que le guardan las filas del Grupo Actoral 80, la sensación que a uno como espectador le queda en la boca es que eso que podríamos llamar el histrión venezolano nunca terminó de asimilar cuánto le debía a un maestro de esa estatura. Uno —yo—presiente desde afuera, desde la butaca, que al maestro se le pudo haber querido más. El teatro, su magia, lo vuelve paisaje vivo, habitado. Al fin y al cabo la diferencia entre el actor y quien lo aplaude es eso: una distancia. Pues esta distancia es así, triste...

Quienes estábamos juntos para el momento inmediato del duelo decidimos llevarlo ligero, creyendo que quizás la tristeza merecía crecer en la misma dimensión en la cual nos enteramos de la noticia. Fuimos hasta esa posibilidad infinita que es YouTube y tuvimos la suerte de conseguir una pieza digna, hermosa. El historiador Felipe Pigna, figura mediática y audaz del conocimiento en Argentina, lo tuvo como invitado en mayo del 2011, en su programa ¿Qué fue de tu vida?, por la TV Pública Argentina.

Ver el programa entero permitió un espejismo, una legitimación espectacular: no lo entrevistaba un periodista, sino un historiador. Ese Gené, su voz ronca encapsulada en los audífonos, sonaba por ser Historia, no por la facilidad que es ser noticia.

Eso sí fue un reconocimiento. No saber que hubo especialistas que cacareaban el nombre sin saber a quién nos estábamos refiriendo. No la potencia de pésame que tienen estas líneas. No este retraso.

 

 

2. Szymborska. 01/02/2012

 

Después de cada guerra / alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas, / digo yo.

De “Fin y principio”. W.S.

 

La edad, la enfermedad, la predicción no nos libera de la pena que es la muerte. El duelo que se siente a partir de la muerte de un autor que se ha tenido cerca es como una refracción, un quiebre del aire. Quienes están cercanos a aquellos que firman los libros que amamos pueden advertir el golpe, acusarlo, saber. Pero el asunto del lector es que se vuelve menos de un solo golpe con la muerte de quien estaba vivo dentro del mismo universo abierto páginas antes. Al día siguiente de la muerte de Gené muere Wisława Szymborska. Ser optimista, sin ella respirando en algún lugar, será más complicado.

Escribir desde la tristeza, sí, obliga a los lugares comunes. Pero hay uno que detesto: ése que surge siempre cercano a la idea de que un autor sigue vivo en sus textos, en su palabra escrita. Me gusta creer en que los textos abandonan a sus autores. Que cada punto final de un relato, de un poema, es un episodio de numen que hace que la palabra sea autónoma y poderosa, incluso mucho más que sus autores. Es otro espejismo, otra legitimación espectacular. Pero de algo debe anclarse uno para reponerse.

Ese raro optimismo poético, esa manera de celebrar en la palabra de Wisława Szymborska, es producto de una inteligencia viva. Como sus audaces respuestas a las entrevistas. Como su poderosa manera de ubicar el papel del poeta en el mundo. “En la hierba que cubra / causas y consecuencias / seguro que habrá alguien tumbado, / con una espiga entre los dientes, / mirando las nubes”. Esa contempladora de nubes ha muerto. Queda en sus textos una responsabilidad que se muda hacia nosotros como lectores. Por eso el lugar común de “queda vivo en sus textos” me molesta tanto: es una manera sencilla de mantener el compromiso con el hallazgo poético en una boca ajena y no en los ojos propios.

La palabra de otros se vuelve nuestra responsabilidad si se marchan. Es lo menos que podemos hacer: ser los sobrevivientes del tiempo, no sus taxidermistas.

 

3. Nosotros. Ahora…

…deberíamos tomarnos en serio la tristeza. Ver a Gené hablando con Pigna, sobre todo cuando al final de su conversación lo único que se atreve a cuestionar es el aplauso que recibe. Leer entero ese poema “La realidad exige…” de Szymborska y terminar riéndonos de los sombreros.

 

[a H.M.]




 

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